La OPEP de la comida

Nuestras jóvenes naciones, las que componen Latinoamérica, se deben a sí mismas una Reforma Agraria desde su nacimiento mismo. Son dos siglos los que transcurrieron desde que nuestras Repúblicas surgieron a la vida en el concierto internacional. Es claro, que si en 200 años no se logró una Reforma Agraria verdadera en ninguna de las naciones de mayor porte de la región, no es casualidad, ni por falta de ideas, ni de hombres detrás de esas Reformas fallidas. Siempre, claro, estuvo la ferviente oposición al cambio. Esa que en Argentina enfrentó a Federales con Unitarios, en Uruguay a Caudillos contra Patricios, pero que luego se reconvirtió, configurándose ambos bandos en uno sólo: la élites latinoamericanas.

Unas élites que tienen algunos puntos en común:

-Son los dueños de los medios de producción, pero principalmente de la tierra, principal factor de riqueza en nuestras latitudes.

-Muchos de ellos ni siquiera duermen en sus países de origen. Siempre su mirada, tanto intelectual, como hasta en su comportamiento, tiende al desprecio a lo propio y la valorización extrema de lo extranjero, principalmente de lo que viene de los Estados Unidos de Norteamérica y de Europa.
-Sienten profundo desdén por su pueblo.

-Tienen la capacidad de poner y sacar Gobiernos, están y estuvieron detrás de cruentos Golpes de Estado, e incluso muchos de ellos participan (y esto es algo novedoso si se quiere) activamente en la Política, creando sus propios partidos, generalmente arguyendo que son buenos administradores y alimentando una supuesta desideologización de la política, que en los hechos sólo se verifica como un giro más rápido a la derecha del tipo más conservador.

-Son malos capitalistas, todos ellos –salvo alguna rara excepción- siempre buscan beneficios del Estado, y saben hacer negocios sólo en el marco de los monopolios u oligopolios que vía estatal se garantizan en sus mercados.

-Tienden a ser apátridas, cada día más, no duermen en sus países, no envían a sus hijos a educarse en sus países, y por supuesto, no tributan impuestos en sus países.

Desde México hasta Ushuaia, resulta harto evidente que el problema son nuestras élites. Si sorteamos ese “escollo”, quizá exista una posibilidad real de materializar la tan postergada como necesaria Reforma Agraria en nuestros países.

Pero hoy, siendo pesimista/realista, toca conformarse con lo que hay, con lo posible, con lo asequible, para luego poder empezar a soñar. Y algo que tenemos al alcance de las manos, porque el tiempo histórico lo pide, es una gran Coordinación Latinoamericana, liderada por México, Argentina, Colombia y Brasil, pero que no excluya a ningún país de Sud y Centroamérica.

Se nos va la vida, hoy, literalmente, de nuestros hermanos y hermanas latinoamericanos, por falta de acceso a un bien escaso: la vacuna contra el Covid-19.

Discutamos entonces, los TÉRMINOS DE INTERCAMBIO. ¿Hasta cuándo es válido que las élites de nuestros países, no sólo nos suman en la más absoluta de las miserias, para acumular más riquezas de las que podrán gastan en generaciones y generaciones, sino que además, vayan a vacunarse al hemisferio norte, mientras los pueblos mueren, por falta de vacunas? ¿Hasta qué número de vidas hace falta, para que los Gobiernos presionen, intervengan e incluso prohíban la venta de commodities, a esos países que nos niegan la vacuna? ¿Hasta cuándo vamos a seguir dándole de comer al mundo rico, a cambio de migajas, que encima sólo se quedan unos pocos? Los términos de intercambio de hoy, son los que dicen que en la Bolsa de Chicago, nos avisen cuánto nos van a pagar la soja argentina, paraguaya, uruguaya y brasileña. O sea, nos compran la comida, pero nos pagan lo que ellos quieren, como ellos quieren, cuando ellos quieren. ¿Por qué pasa esto? Por las élites latinoamericanas, por la cultura del “sálvese quien pueda”, por la tibieza de la Política, y sobre todo, por la falta de coordinación de políticas macroeconómicas entre países que producen comida, países que tienen todas las riquezas naturales para el desarrollo, y siguen sometidos a intereses espurios y muy lejanos. Es que otros son ricos, porque producen bienes de capital, porque aplican la tecnología, porque tienen mejor turismo y bla bla. Para todo eso, tienen que comer primero. Y la comida, se la vendemos (mal) nosotros.
Un proyecto realizable

¿Por qué el ejemplo de la OPEP? Por si algún lector aún no lo sabe, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, es una organización, que tal como indica su nombre, comparte un gran interés común: el producto que venden. Alguien podrá argumentar que el petróleo es el motor de la economía occidental; ¿pero acaso no lo es la comida? Se me hace similar al dilema entre lo que gana el Médico y la Maestra, SIN MAESTRA NO HAY MÉDICO. Es sencillo, se ha hecho, y tenemos este ejemplo exitoso, de países periféricos o en vías de desarrollo –como les gusta decir a los Organismos Internacionales- que tiene más de 60 años funcionando. La OPEP fue fundada en 1960, aunque las Naciones Unidas recién lo reconocieron en 1962. Ante la caída constante de los precios del petróleo en la década de los 50’s, es que un grupo de países que veían atados sus ingresos a estos flujos ajenos a ellos, se unen, para poder coordinar políticas de producción y abastecimiento del “oro negro”. La OPEP no incluye a todos los países que producen petróleo, pero sí a muchos de ellos, y sirve como marco de referencia para el resto de las naciones productoras. La alineación de precios internacionales, y el cuidado de las reservas totales de dicho bien, son los ejes centrales de la Organización.

¿Es una locura generar una OPEP de comida? Si hasta los propios productores podrían verse beneficiados y no estar a la espera de decisiones que se toman muy lejos de donde se siembra y se cosecha, para obtener el precio justo por su producción. Está claro que la extranjerización de la tierra, y las grandes multinacionales agroalimentarias que expolian un día sí y otro también a nuestros generosos suelos, son el principal problema a enfrentar. También está claro que ningún país de Latinoamérica (ni siquiera Brasil) podrá hacer semejante cambio de manera unilateral. Es tiempo de cambios, y es hora de estar a la altura de lo que la historia nos requiere.

Por Federico Villanueva